Resumen

Para qué no sirve el Barça Atlètic

Para qué no sirve el Barça Atlètic

De niño, mi padre me llevaba a ver al Barça Atlètic al campo de la Fabra i Coats, en Sant Andreu. Posteriormente ese ritual se trasladó al Miniestadi. El filial no era únicamente un equipo de fútbol: era una promesa. Uno acudía para intentar descubrir antes que nadie al próximo jugador del Barça, para ponerle cara a un apellido que quizá, algún domingo, acabaría apareciendo en el marcador del Camp Nou. forestarrow.help

Los fines de semana sin partido en el Camp Nou, veías un fútbol diferente e intuías a los que podrían llegar a ser jugadores del Barça: Carrasco, Calderé, Pedraza, Paco Clos, Salva, Moratalla, Rojo, Gratacós o, posteriormente, Fradera, Nayim, Amor, Cristóbal, Vinyals o Milla. El equipo fue un invento de Agustí Montal en una época en la que un futbolista podía llegar a profesional bien entrados los veinte años tenía su lógica. Hoy cuesta mucho más entender qué futuro representa el Barça Atlètic.

Si uno quiere ser cruel, podría decir que en las últimas décadas el filial ha servido, sobre todo, como incubadora de los dos mejores entrenadores de la casa: Pep Guardiola y Luis Enrique. Los dos pasaron por su banquillo, aprendieron velozmente el oficio y después construyeron equipos campeones. Pero resulta significativo que el gran éxito reciente del Barça B haya estado más en formar técnicos que en completar la formación de los mejores futbolistas.

El dato crudo es que hoy las promesas de verdad ya no pasan por el filial. O pasan muy deprisa para que no se estropeen. Gavi se lo saltó. Lamine Yamal se lo saltó. Pau Cubarsí se lo saltó. Cuando en La Masia aparece un talento extraordinario, el club entiende que lo mejor es llevarlo cuanto antes al primer equipo. Ebrima Tunkara o Orian Goren pueden ejemplificar ese camino ahora. Y estoy seguro de que desde el club hacen bien.

La pregunta incómoda es por qué. La respuesta también lo es: el Barça Atlètic compite en categorías en las que el talento no se premia, sino que se castiga. Campos difíciles, césped irregular, rivales duros y partidos físicos. Se solía decir que todo eso “hace hombres” a los jóvenes, pero ya no es creíble. Un interior de dieciocho años puede aprender a sobrevivir a una tarde de balones largos, segundas jugadas y codazos. Lo que no está tan claro es que allí pueda perfeccionar lo que necesitará en el primer equipo: interpretar espacios mínimos, asociarse a gran velocidad y dominar el balón desde una idea reconocible. No puede convertirse la dureza competitiva en centro de la formación, porque es ficticio.

Por eso conviene preguntarse si tiene sentido invertir dinero, fichajes y energía en construir un equipo cuyo gran objetivo sea ascender a la Liga Hypermotion -por ahora, milita en la Segunda RFEF-. En esa categoría mandan la clasificación, el resultado inmediato y la supervivencia. Exactamente las urgencias de las que debería protegerse a un jugador en formación. Tampoco tiene sentido convertirlo en un equipo paralelo lleno de futbolistas fichados para competir, pero sin recorrido real hacia arriba. ¿Es un presupuesto ahorrable? Por tanto, en una época diferente de la que se creó, ¿toca repensar qué hacemos con el Barça Atlétic? Porque tenemos meridianamente claro para lo que no sirve.

El Barça debe aclarar ya el tema Julián Álvarez

A principios de junio y antes de comenzar el Mundial, el Barça realizó el primer movimiento oficial por Julián Álvarez. Fue la famosa oferta de 100 millones de euros, que Joan Laporta aclaró que tenía una fecha límite para ser aceptada por el Atlético de Madrid. Incluso, extraoficialmente se habló de finales de julio para desencallar esta operación, aunque parece que el Barça ha dado unos días de gracia más al futbolista y su entorno para que intenten reabrir las negociaciones.

El club blaugrana lo ha intentado todo y estaba en condiciones de mejorar la propuesta si se abría una rendija para establecer conversaciones con el Atlético, pero hasta ahora todo intento de acercamiento ha caído en saco roto. Julián regresó a los entrenamientos como señal de buena voluntad descartando la rebeldía y quiere una última cumbre para exponer sus argumentos. Visto desde la distancia parece poco probable que el argentino obre un milagro.

Que Julián Álvarez era la gran baza de Flick y Deco para remodelar el ataque blaugrana no hay duda. Ni tampoco que en el Barça tenían muy claro desde el principio que se metían en un embrollo de difícil solución. El club blaugrana no ha dejado tirado nunca al futbolista, pero quizás ha llegado un momento en el que el Barça debería tomar una decisión por el propio bien de la planificación deportiva.

an ido a por Julián renunciando a otras opciones que podrían haber sido válidas y se ha llegado a una fecha en la que hay muy pocos futbolistas de entidad que puedan salir de sus clubs a un precio razonable y puedan encajar en el estilo blaugrana. Si lo de Julián no se ve claro, es el momento de mover ficha.

El Barça ha deslizado que la figura de un delantero, quizás, no es tan importante con toda la artillería que se ha fichado arriba, pero la inesperada salida de Ferran Torres al PSG sí que obliga a actuar. Un equipo que aspira a ganarlo todo debe tener, al menos, una referencia ofensiva como ‘9’. Que Flick lo utilice más o menos ya es cuestión del entrenador, pero esta variante debe estar disponible en el inicio de temporada. Deco ha ido apurando la opción final y abriendo otras carpetas ofensivas. Y podría haber sorpresas en un verano en el que la dirección deportiva se ha sacado conejos de la chistera.

Chancay, Perú, entre dos potencias de ciencia ficción

El puerto de Chancay, construido bajo el liderazgo de la estatal china COSCO Shipping e inaugurado hace menos de dos años por Xi Jinping, se ha convertido en símbolo de la disputa entre Estados Unidos y China por la preponderancia en América Latina, una pugna con ribetes casi de ciencia ficción. Controlado en un 60 por ciento por COSCO, encarna la penetración económica china en una región que Washington consideró durante dos siglos parte natural de su esfera de influencia, pero también el formidable éxito exportador peruano de los últimos años.

Washington ha llegado a advertir que Perú podría comprometer su soberanía mientras China consolida posiciones sobre infraestructuras críticas. Entretanto, la realidad económica ha avanzado más rápido que la diplomacia. China desplazó a Estados Unidos como principal socio comercial de Perú en 2011 y desde entonces ensancha la distancia.

Las cifras permiten medir la magnitud del vuelco. Si en 2016 Perú registró un superávit comercial de 1.962 millones de dólares, en 2025 alcanzó los 34.573 millones, tras exportar bienes por 93.078 millones. De ese total, 32.610 millones tuvieron como destino China —tres veces más que Estados Unidos—, mientras Perú importó desde ese país 17.847 millones. El intercambio bilateral equivalió a casi 2,2 veces el de Perú con Estados Unidos. Y 2026 apunta aún más lejos.

En esas condiciones, el problema para la nueva presidenta, Keiko Fujimori, es que la geografía económica del Perú ya no coincide con sus afinidades políticas. Su gobierno se acerca a Washington, pero hereda un país cuya relación con China dejó hace tiempo de limitarse al cobre. Pekín está presente en minas, energía, financiación, infraestructura y, ahora, en las rutas del comercio peruano.

Aunque busque un equilibrio, Fujimori enfrenta una camisa de fuerza semejante a la de Javier Milei en Argentina. Puede aproximarse estratégicamente a Estados Unidos, pero difícilmente desmontar una arquitectura económica construida durante tres décadas.

El fenómeno desborda al Perú. En 2017 China superó por primera vez a Estados Unidos en el comercio de bienes con Suramérica, con unos 189.000 millones de dólares frente a 186.000 millones. Desde entonces la brecha crece. En 2025, el intercambio con China se acercó a los 400.000 millones, frente a unos 252.000 millones con Estados Unidos.

Es allí donde Chancay adquiere contornos de novela futurista. La disputa ya no consiste solo en quién venderá o comprará más en Suramérica, sino en quién diseñará la geografía comercial de las próximas décadas. Aunque aún opera por debajo de su capacidad, Chancay se proyecta como el gran nodo de aguas profundas del Pacífico suramericano. La ruta directa con Shanghái reduce tiempos y costos, lo que ayuda a explicar que el 45,5 por ciento de su movimiento corresponda a transbordos hacia Guayaquil, Buenaventura, puertos chilenos y otros destinos regionales.

Esa lógica puede convertir al Perú en puerta logística de la costa occidental de Suramérica y restar incentivos a la construcción de grandes infraestructuras portuarias en países vecinos. También vuelve menos fantasiosa la antigua aspiración de un corredor bioceánico entre el Atlántico brasileño y el Pacífico peruano. Si la red se consolida, China habrá contribuido a moldear la infraestructura sobre la que descansará una parte creciente del comercio suramericano.

Y allí aparece el reverso del prodigio. Las mismas rutas que abaratan el transporte y multiplican las oportunidades exportadoras del Perú apuntalan una estrategia china más amplia para inundar los mercados del Sur Global con manufacturas subsidiadas y baratas y expandir la presencia de sus empresas, dinámicas que provocan una desindustrialización prematura de las economías en desarrollo. Vaya paradoja para los otrora dependentistas marxistas latinoamericanos.

Pero acaso lo más fascinante sea descubrir dentro de veinte años que se miraba el indicador equivocado. Que se medía el poder económico con referentes del siglo XX —acero, petróleo, toneladas exportadas— o con factores estratégicos del XXI, como tierras raras, capacidad de refinación y baterías. Nada de ello es prescindible. Recuperar músculo industrial explica buena parte de la guerra comercial de Donald Trump, aun si los aranceles solo son defendibles como instrumento transitorio.

Pero la carrera por la primacía probablemente dependa de cuál de las dos economías consiga sostener durante décadas mayores ganancias de productividad. El dirigismo chino ha demostrado una capacidad excepcional para movilizar recursos, construir infraestructura y conquistar mercados, pero acumula distorsiones que pueden erosionar su eficiencia. El sistema estadounidense responde a una lógica más descentralizada, en la que la sucesión de experimentos, fracasos, reemplazos empresariales y reasignaciones de capital alimenta una formidable capacidad de innovación y resiliencia.

Quizá por eso, dentro de veinte años, la pregunta decisiva ya no sea quién construyó Chancay. China puede seguir llenando el mundo de mercancías mientras Estados Unidos llega a dominar una proporción creciente de los insumos intangibles que permiten producirlas y comerciarlas —chips avanzados, software, inteligencia artificial, servicios financieros, propiedad intelectual, diseño y tecnologías de frontera—, insumos que no atraviesan puertos y pueden servir simultáneamente a miles de millones de personas. La paradoja sería sorprendente: mientras China construye buena parte de las rutas físicas del comercio mundial, Estados Unidos podría terminar acrecentando su dominio sobre aquello que circula invisiblemente por ellas. Es una película cuyo final se ignora, pero cuyas primeras escenas ya parecen de ciencia ficción.

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In brief

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